"Los hechos y/o personajes del siguiente Blog son ficticios, cualquier similitud con mi vida personal es pura coincidencia."



jueves, 5 de mayo de 2011

RESENTÍ-MIENTO

Yo quería sufrir y el tenía deseos de lastimarme.


Guardé silencio, me sentía avergonzada de que el dolor me gustara tanto. ¿Quién podría entenderlo? Que el hecho de permanecer en vida requería constantemente ponerla a prueba, o que para sentir la presencia de las cosas necesito que me falten, o lo obvio, que lo fácil me aburre y la felicidad me engaña, la felicidad no es vasta.
¿Cómo alguien podrá entender dentro de sus cabales que mientras todos tiran para un lado, yo me empeño en conseguir lo contrario?

El esfuerzo sobrehumano por conseguirlo a él, por beber de sus mentiras mediocres algo del dolor de su pasado, como si su angustia vieja me alimentara.
Perfectos sujetos, que no te llenan en ningún aspecto, únicamente en la demencia, en esa analogía que ambos tenemos por pasión a lo insano.
Congeniábamos en nuestros mundos. A su manera, el de cada uno estaba destruido y vivíamos fingiendo alegría entre sus ruinas. Vacíos, dos sujetos huecos que juntos forman una fosa, para la perfecta perdición de ellos mismos.

Perdida en el dolor, sabía que iba a ser la única de los dos en terminar ahí hundida, ahogada por su avaricia, su sed de tomar venganza. Mi disfraz de lobo fue la atracción principal, y mi alma de oveja lo que llegó a enamorarlo trágicamente de la dulce presa.

Me senté a escucharlo, balbuceaba algunas palabras que no pude escuchar, no cesaba, se encismaban unas con otras y en su rostro se acentuaba cada vez más la emoción por ver cómo palabra a palabra creía tenerme en sus manos. Para su cabeza estaba convenciéndome, para sus manos y sus labios sordos, yo tenía la edad que tenía y un cerebro que había estancado su desarrollo al llegar a la primer década. Lo vi satisfecho frente a una de mis sonrisas, sus ojos obsesivos estaban celebrando el triunfo de no haberme perdido, y yo trataba de explicarme porque tanto revuelo por una simple mente turbada y un sexo enfermo...

No encontraba en él un hombre, más bien era un niño sufrido, con heridas expuestas en cada una de sus muecas, su capricho le había impedido crecer más allá de lo delimitado por ese recelo, que había encubierto la angustia en bronca. Se sentía fuerte, impenetrable, indiferente, pero sólo quería convencerse de haber renunciado a la posibilidad de volver a sentirse ser humano sin contar con el riesgo a sufrirlo.
Miedo era lo que expedían cada una de sus frases de héroe de guerra, de bandolero, de chico rebelde... Esa falta absoluta de temor, conformaba justamente un único terror mayor a cualquier otro: el no tener nada que temer. El poder perder lo que fuera y aun así continuar la vida sin perturbación. Asido a absolutamente nada, a la deriva en una vida que no iba a dejarle llevarse nada.

Comenzó a hacer pausas para escuchar pequeñas respuestas de asentamiento, su inseguridad comenzó a picarle la sien frente a mis labios sellados. Seguía observándolo, imaginando el desnudo de sus mentiras, figurándome las dagas que me abrían al medio la espalda. ¿Cuánta malicia podía caber en ese par de ojos, que sin envejecer parecían llevar cien años mal vividos? ¿Cuánto dolor había callado y enfrascado en esas pupilas?

Yo los elegía para desgranarlos, y analizar por partes cada comportamiento que aparentemente en el hombre no se le adjudicaba un preparamiento previo. Ellos lo tenían, sin ser concientes, explicaban y justificaban cada gota de maldad. Y se sentían contentos, a gusto con sus hazañas, con la cantidad innumerable de lágrimas derramadas bajo su nombre.


Pensé en llorar. De alguna manera este conejito que había elegido para pasar las pascuas y que ya me estaba venciendo, había logrado tocarme el alma. Jamás le había creído ninguna otra palabra que no fuera impulsada por la obsesión. Estaba obsesionado por tenerme, no porque realmente le interesara, sino porque parecía no poder hacerlo. Era un desafío, enamorarme, dejarme estúpida, regenerar esa sensación de soledad interna y dejarme tirada. Pero la venganza no se sacia con el dolor de la persona equivocada.
Por eso, por esa misma causa, yo no le era suficiente, y paralelamente a destruirme buscaba nuevas ofertas. Sin dejarme, porque yo representaba uno de esos casos que al principio tienen apariencia de ser excepcionales.

Maldito enfermo, que guardaba tantos nombres, que agrupaba todas las personalidades, y los demonios de los que a su paso, al igual que él, fueron menguando mi esperanza.
Perdió el nombre, la figura, y esos ojos que en su profundidad eran muy oscuros.

No volví a contestar más. Me tomó por el pelo y con fuerza jaló hasta buscar una reacción. Dios sabe en que horizonte estaría muriendo mi mirada, y desquiciándolo dejó salir su parte más insegura y descargó en mi su impotencia.

Sume una razón más para en algún futuro utilizar como respuesta en el caso de qué alguien cuestione mi escepticismo, mi resentimiento, mi apatía.
Él y todos los que él representa, son los causantes de mi cinismo, de mi frivolidad, de mi lejanía, de que hoy no puedas decirme te quiero sin yo traducirlo en un engaño.

Vamos a jugar, a sufrir, a vivir, a entretenernos, a darle más vueltas a esta retorcida obsesión que nos desune, a alimentar mis motivos por los cuales seguir llorando en los colectivos. A abusarnos de su ingenuidad y de la mía, a tejer las más entramadas mentiras y a volverme una recalcada hija de puta, como todos los anteriores me hubieran merecido.

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